| El último suspiro de un ocote |

ocote

Polvo arenoso, asfalto caliente. De su mochila sacó una cantimplora, bebió el frío líquido que resbalaba sobre su garganta y caía sobre su cuello, refrescándolo del calor.

Las calles vacías y cubiertas de polvo anunciaron un nuevo suceso pero Bruno no lo podía entender del todo. Había algo en el ambiente, el viento despedía un aroma frutal, fresco, que lo trasportó a un mundo desconocido. Hojas largas, verdes, ramas que danzaban con el aire. Abrió los ojos para encontrarse solo sobre la avenida, del otro lado sus compañeros rompían ventanas de edificios que ocultaban grandes tesoros intercambiables en el mundo subterráneo.

Siguió el aroma, dulce y suave lo fue guiando dos calles más adelante, a las ruinas de una casa que se desplomaba en el marco de la entrada. Sillones viejos, comedor de madera que podrían destruir después para hacer una fogata, dos toques con los nudillos: caoba. Subió a los cuartos del segundo piso pero ahí perdió el aroma, camas sin hacer, fotografías, un listado sobre cartulina pegada en la puerta de uno de los cuartos: “Quince cosas para hacer con tu pareja antes de morir”, faltaban cuatro por ser tachadas.

Recuperó el aroma cuando bajó las escaleras, humedad, frescura, felicidad.

-¿Hay alguien ahí?- preguntó una voz. Bruno volteó a su izquierda y derecha. Nada.

-¿Me escuchas?- le dijo de nuevo. Automáticamente respondió desde su mente “Sí, te escucho pero no sé dónde estás”.

Fresas rojas, manzanas verdes, zanahorias, calabazas. Un huerto en el jardín. Salió pero no había nada, sólo polvo y vacío, el viento revoloteaba en círculos levantando partículas.

“¿Puedes verlo? Estoy tratando tan fuerte de mostrarte cómo era. No sólo frutas crecieron bajo mi sombra, también lo hicieron niños que después crecieron para convertirse en polvo. Si no puedes verlo…”.

“Lo veo”, respondió. Se escuchó un largo suspiro, incluso aunque no podía verla, parecía que la voz sonreía.

“Ahh. ¿Cuál es tu nombre? Quisiera agradecerle por detenerse a escucharme”.

“Nada que agradecer, al contrario… Bruno. Mi nombre es Bruno. ¿El tuyo?”.

“No lo sé. Hay pocas cosas que puedo recordar, a veces creo que fui un árbol, otras creo que era una persona, u hojas, fresas, verduras. Despierto de vez en cuando, no todos los días”.

Bruno se sentó sobre la tierra caliente, el sol se escondía. Pensó que en ocasiones es mejor no recordar, no tratar de encontrarse, tal vez si la voz se había perdido era lo mejor, nadie quería vivir en un momento como ese, de total abandono y soledad.

“Te sientes como yo”, le dijo la voz. “Puedo escuchar claramente tus palabras, estamos en una conexión en la que no podemos ocultar nada. Tu puedes ver a los niños, el césped, las frutas. Yo puedo ver tu rostro oculto sobre la mugre de la tierra, tus ojos tristes que parece que no pueden querer pero que aman con furia. Tu rodillas cansadas por el viaje, la sed, el hambre. Piensas que es mejor no recordar pero son esas las únicas imágenes a las que te aferras. Te hacen daño pero no las sueltas”.

No puedo no pensar, se dijo Bruno. Es lo único que hago, ahora sé que la voz me conoce porque me ha visto. Pero no lo suficiente, puedo distraerla y salir.

“Anda, hazlo”, le respondió. “No te detengas, no lo hagas por mí. La única razón por la cual quise llamarle a alguien es porque no creo despertar de nuevo, creo que este es el final y quería compartirlo con alguien”.

“No quiero verlo, para mí el final ya ocurrió hace tiempo. No quiero verlo otra vez”.

“Ese no era tu final, sino el de ella. Las lágrimas que derramaste a su lado, no fueron tus últimas, sus besos no fueron los últimos…”.

“Detente… No soy yo a quien buscas. Hay alguien realmente honorable de tus palabras allá afuera. Alguien que pueda acompañarte en este, tu final. Yo no”.

“He visto todo ocurriendo al mismo tiempo. Las estrellas brotando del cielo, el viento danzando con las hojas, el nacimiento y la caída del sol. Cuerpos recostados sobre la tierra anhelando por abrir los ojos y verse fuera de aquí. Los he visto irse, a todos y cada uno de ellos porque no quisieron quedarse, porque no pudieron amarme. Sí, me dieron vida, esencia, sonrisas, felicidad; me abrieron los sentidos hacia el dolor y el abandono, la negación y la divina aceptación de que somos lo que somos, pero nada de eso fue suficiente. Por querer que quisieran quedarse, me perdí, dejé de ser lo que era y sólo permaneció esta parte de mí, esta voz sin eco, estas imágenes sin sentido. Siento que este es mi último…”

“Respira… Lo puedo ver y quiero verlo. Los niños persiguiéndose alrededor tuyo, los picnic de domingo. La lluvia fría cayendo sobre tu piel, atravesando tus pliegues y refrescando hasta lo más profundo de tu ser. Sonríe ocote, déjame escucharte reír. Era porque Daniel te contaba chistes, porque Fernando se sentaba a lado tuyo a pintar. Porque Mariana leía recargada en tu lomo, porque Anna y Samuel se casarón bajo tu sombra. Sonríe amigo mío porque este no es tu final, porque ahora que te siento me doy cuenta que nos volveremos a encontrar…”

El viento se llevó consigo el último rastro de aroma que tiernamente acarició su piel, como las manos de Sofía que tocaban sus mejillas antes de darle un beso. O las de su madre antes de ir a dormir. O las de su padre cuando se sentaba en su regazo. O las de la muerte antes de partir.

 

 

 

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